Gobernar desde la popularidad y las encuestas

Por Felipe Reyes Barragán

En los últimos sexenios hemos visto cómo los instrumentos tipo encuestas han servido para legitimar las acciones de los gobiernos y, sobre ellas plantear, muchas veces, medidas o políticas que en otro contexto pudieran no ser fáciles de realizar. Es decir, si el  titular o funcionario goza de un alto nivel de aceptación entre los ciudadanos, entonces es buen momento para aplicar alguna acción que pudiera ser no popular, pero, que con un alto nivel de respaldo, puede pasar casi desapercibida y entonces y hasta celebrada y defendida por los simpatizantes sin que no haya un costo político.

En México, el Presidente Andrés Manuel López Obrador, con base a las encuestas del periódico Reforma, El Financiero y la casa encuestadora Consulta Mitofsky, aparece situado con un 75% a un 87% de aprobación, interesante además saber que  en los primeros tres meses del año, el  índice se mantiene o incrementa hasta en un punto porcentual.

Independiente de esta popularidad, recordemos también que el capital político con el que el tabasqueño comenzó su mandato fue de 30  millones de votantes mexicanos,  ganando así de forma contundente y sin duda alguna, las elecciones. De esta manera, este capital le ha ayudado en sus primeros casi 4 meses a obtener el respaldo de sectores de la ciudadanía, que a pesar del desencanto, en general, de la política, tienen altas expectativas hacia la gestión del presidente, motivado por varios factores, por ejemplo, la narrativa, el poder de las acciones simbólicas que ha tomado (cancelación NAIM, venta del avión presidencial, bajarse sueldo, etc.) y su  permanente exposición en los medios a través de las mañaneras, que han creado la percepción de que es un presidente en “acción” en permanente movimiento y con alta intensidad, aunque los resultados claros y contundentes no han sido los esperados,  sin que esto afecte la percepción de un alto porcentaje de mexicanos que tienen de él (AMLO), números de aprobación no vistos en los últimos sexenios.

Ahora, ¿es posible gobernar un país solo con los altos porcentajes de aprobación y las encuestas que así lo demuestran?

Si bien solo han pasado un poco más de 113 días y no podemos esperar cambios contundentes, lo cierto es que estos primeros meses los resultados positivos han sido bajos o nulos, y los yerros  y equivocaciones han sido la constante por no decir la mayoría. No ha pasado un día donde no se dé una nota de una fallida estrategia o error en diversos espacios y ámbitos, donde después de un par de horas son corregidas o desmentidas o borradas, pero esas acciones quedan grabadas en la memoria colectiva y, sobre todo, queda un rastro en redes sociales donde luego queda la captura que evidencia la falla o error.

La realidad es que muchas acciones que en el pasado fueron recriminadas (influyentismo, amiguismo, opacidad,  desinterés, etc) siguen estando presentes hoy en día, desde las nominaciones y posterior designación de perfiles no idóneos o con conflictos de interés evidentes, hasta licitaciones a modo, sin concurso, o compras sin evidencias (pipas) entre muchas cosas más.

Si bien es cierto es que a pesar de estas omisiones, el presidente y su grado de aceptación se mantiene, pero definitivamente no se puede gobernar en función de la popularidad, no basta con ser el presidente “más” popular para poder llevar a salvo las acciones propias de un mandatario.

Lo cierto es que gobernar para quedar bien es el camino más directo y rápido para el fracaso, no solo de él, sino del país,  pues el arte de hacer gobierno implica, en muchas de las ocasiones, tomar medidas impopulares que no serán bien recibidas y también, hay que entender, sobre todo en la presidencia, que se gobierna para todos, no solo para los que votaron a favor, sino para aquellos que no coinciden ni concuerdan con la plataforma política de López Obrador,  y que son una gran mayoría, y que son considerados parte de “la mafia del poder” o contrincantes o “fifís”.

Nadie en su sano juicio desea que fracase López Obrador, pero mientras más pronto se entienda que tarde o temprano habrá desencanto generalizado si solo se gobierna para unos cuantos, (paradójicamente, la acción que en el pasado julio de 2018, motivó  el cambio del poder) tendremos no solo desencanto y  abucheos, sino que perderemos la posibilidad de llevar a cabo un cambio real y fundamentado, liderado por los ciudadanos, las instituciones y por el Presidente para todos y por el bien de todos.

Ojalá alguien en su equipo le diga al presidente que si  piensa que se puede gobernar con encuestas y popularidad, triste democracia es la que nos espera.

Publicado el 25 de marzo en alcaldesdeméxico.com

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