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El papel de la sociedad civil en los tiempos de la 4T

En los meses  que han pasado desde el  1 de diciembre de 2018, día en el que el presidente Andrés Manuel Lopez Obrador rindió protesta como mandatario, hemos visto cómo, a lo largo de más de 178 conferencias matutinas, el discurso ha sido muy claro: el pueblo “bueno” y los fifís, neoliberales o conservadores son los términos más usados en este ejercicio de comunicación, 1,111 vs 968 respectivamente. (Datos de Luis Estrada @luisestrada_).

Esta comparación nos permite entender la narrativa que se ha construido a lo largo de estos más de 258 días y que se refuerza no solo en las “mañaneras”, también el poder que las redes sociales han tenido en la conformación del discurso, el apoyo de cuentas oficiales e institucionales y al mismo tiempo, lo dicho por los propios titulares del gabinete presidencial, han abonado al mensaje central de la 4T, la transformación de todo, a pesar de todo.

Y no es que esté mal este afán de renovar las instituciones y la forma de hacer gobierno, que no política, aunque a veces pareciera ser más que estamos en eterna campaña que en el pleno ejercicio de funciones de un gobierno. Es de hecho esta promesa de “cambio” lo que llevo a Morena al poder, y sobre esa línea es que el gobierno ha seguido su marcha.

Desde el punto de vista de las ciencias sociales, sociedad civil refiere a la diversidad de personas que, con categoría de ciudadanos y generalmente de manera colectiva, actúan para influir o tomar decisiones en el ámbito público y que consideran a todo aquel no forme parte de los entes gubernamentales.

El sociólogo francés Alan TOURAINE, en su libro ¿Qué es la democracia?, publicado por el Fondo de Cultura Económica, México, en el año 1998, refiere que “La existencia de una sociedad civil diferenciada de la sociedad política es un prerrequisito para la democracia. Sin ella, no hay Estado legítimo”. Y es en estos tiempos donde la sociedad civil toma un papel preponderante como contrapeso a posibles acciones que no sean las adecuadas para la sociedad, aunque muchas veces  alzar la voz no cambie  una decisión (como en el caso del NAICM).

El pensador alemán Jürgen Habermas sostiene que la sociedad civil tiene dos componentes principales:

  • Instituciones que definen y defienden los derechos individuales, políticos y sociales de los ciudadanos y que propician su libre asociación.
  • Movimientos sociales que plantean nuevos principios y valores, nuevas demandas sociales, y que son vigilantes además, de la aplicación efectiva de los derechos ya otorgados.

No es de extrañar y más en el contexto actual, que la sociedad civil , como concepto y como realidad, se ha ido fortaleciendo en todo el mundo y que estamos enterados de su alcance no solo por su impacto real, sino que al estar inmersos en un mundo donde la democracia se ha convertido en un ideal cada vez más buscado por las sociedades, su trabajo no pasa ni debe pasar desapercibido, aunque se trate de grupos no afines o que representen ideologías diferentes,  son al final del día, contrapesos que presentan  alternativas y que complementan demandas que nacen de la sociedad.

El gobierno debe de asegurar que la sociedad civil tenga espacio y sus voces escuchadas y consideradas en cualquier democracia, eso legitima el accionar del gobierno y al mismo tiempo, le permite un margen de maniobra que le permita actuar en lo que resta del sexenio. Los bonos políticos con los que comenzó el presidente no son los mismos ahora, si, todavía alcanzan para hacer cambios sin que haya tanto alboroto, pero cada vez este bono disminuirá y tendrá que contemplar, sin descalificaciones y sin narrativas funestas que el gobierno trabaja para todos los ciudadanos y al mismo tiempo, quienes encabecen los movimientos de la sociedad civil, deben entender que lo que se busca es fortalecer las instituciones, no debilitarlas y que en ello, hay una dosis de responsabilidad.  Es decir, no solo es lo que haga el gobierno o la S.C.  es lo que se  haga en conjunto, la gobernabilidad depende de ello.

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Entre la percepción y la realidad

Hoy más que nunca la frase “Percepción es realidad” ha perdido significado en el escenario político y público actual. Entre “lo que es”, “lo que parece ser” o “lo que quiere ser” hay un mundo de diferencia, y cada vez se hace más evidente esta brecha, sobre todo en la comunicación oficial de la Presidencia de la Republica.

Cada mañana los mexicanos nos vemos sorprendidos por pronunciamientos y declaraciones del Presidente López Obrador en sus ya rutinarias conferencias “mañaneras” que minutos más tarde o en el transcurso del día son  desmentidas, explicadas, cambiadas o interpretadas en función del interlocutor y su interés  e intención. Así, pasamos de las declaraciones del Secretario Javier Jiménez Espriú diciendo que no hubo casos comprobables de corrupción en el NAICM, cancelado por López Obrador como parte de sus compromisos de campaña con el respaldo de unos cuantos miles de encuestados en su primera “consulta popular” que se hizo, además, cuando el Presidente aún no juraba al cargo, y con evidentes fallas, y que en días recientes el mismo AMLO contradijo y desmintió la declaración de Jiménez Espriú diciendo que sí hay corrupción y que eso es más que evidente y sin más pruebas que su palabra, el caso se cierra.

Este ejemplo representa el gran poder que el Presidente ha logrado a través de sus cotidianas intervenciones , donde el uso de simbolismos y el uso de figuras “malas y poderosas” a quien puede achacar las fallas y autorías, la “mafia del poder” nunca se fue y sigue “operando”, son una constante.

Así pues, la percepción general es la de un presidente que va bien y cumple, aunque la realidad, oculta entre las redes sociales y la propaganda  sugiere otra cosa. Lo cierto es que las cosas se pueden hacer mejor y ser comunicadas de forma más eficiente.  La evidente separación entre la percepción de la población afín al presidente y aquellos que con, así como algunos grupos sociales, empresariales y políticos se hace cada vez más grande y profunda.

Todo esto no es casualidad, detrás de esta “separación entre la percepción y la realidad” hay un equipo que ha sido capaz de crear estrategias de propaganda y no de comunicación social propiamente dichas.  El mínimo uso de argumentos  racionales y la sobreutilización de emociones y sentimientos  en sus dichos y declaraciones son brutales, logrando llevar la conversación por caminos llenos de subjetividad y hasta cierto grado, de divinidad (ellos, los ricos, los que piensan diferente son  los malos, nosotros, el pueblo, los que vamos a misa, los que nos portamos bien, somos los buenos).

El gran problema de tener entonces una presidencia propagandística y no una presidencia estratégica es que en realidad  tenemos un presidente y no un gobierno, y por lo tanto, los datos duros, los reales, las estadísticas, los números que no mienten y no tienen color o sentimientos, pasan a segundo término, a segundo plano, por debajo de lo que creemos y  suponemos, pero la culpa no es solo del presidente,  la responsabilidad de ello es compartida; como sociedad debemos ser más activos, investigar, contrastar fuentes, sin apasionamientos, sin rasgaduras, y quizás, solo quizás, un día la realidad sea igual a la percepción y viceversa.